Capítulo 1.
Día 12, primera luna, ciclo 612 d.U.
El precio de las lágrimas
Memorias del Cielo
Capítulo 1
Día 12.
El olor era horrible en aquel pueblo: una mezcla de estiércol, ganado y tierra húmeda. Se metía en la ropa, se incrustaba en la piel y no desaparecía en todo el día.
Era noche cerrada, probablemente las estrellas estaban durmiendo. En las ciudades del Imperio acostumbraban a dejar las calles sin iluminación durante la madrugada. Aun así, había individuos como yo que se lanzaban a navegar borrachos por la oscuridad de sus calles.
Apenas me sostenía en pie. Cada paso era una negociación con el suelo y, por el momento, iba perdiendo. Me llevé la mano al bolsillo, noté un puñado de monedas, demasiadas para la noche que recordaba haber tenido. Señal inequívoca de que había desplomado a alguien todavía más ingenuo que yo.
Hacía apenas unas semanas que había perdido la última oportunidad de salvar a Justin del infierno. Y mientras me armaba de valor para decírselo, pensé que sacarles un poco de dinero a los ricos de aquel pueblo era una idea estupenda. Seguramente por eso estaba allí, arrastrándome por Alamyos con vino barato en el estómago y el orgullo durmiendo con las estrellas.
Sabía que tenía que llegar a la cuadra que había alquilado unos días atrás para dormir; un sitio sucio, con paja húmeda y ratas, pero barato. Lo suficiente para no tener que volver a casa y enfrentarme al silencio. El problema era que estaba perdido entre demasiada oscuridad. Las calles parecían todas iguales cuando el vino borraba los bordes del mundo.
El silencio del lugar retumbaba en mi cabeza. Lo sentía en la presión de la sien, como si los pueblerinos estuvieran conteniendo la respiración a la espera de que ocurriera algo.
Crucé un par de calles y tropecé con algo. Me di de bruces contra el suelo. El golpe me espabiló un poco, aunque me quedé tirado unos segundos con la mejilla pegada a la tierra húmeda, preguntándome si valía la pena levantarme. La respuesta tuvo más debate del que imaginaba, aunque mi instinto de supervivencia terminó levantándome sin pedir permiso.
Me apoyé en una pasarela de madera y alcé la vista al cielo. No había nada. Solo una masa negra espesa, como si los viejos dioses hubieran cerrado los ojos y dejado a oscuras el firmamento. Todo giraba, quizá estaba drogado, o quizá alguien me había drogado. Ninguna de las dos opciones me dejaba en buen lugar.
Avancé pegado a los postigos para no perder el equilibrio, y empecé a sentir que algo se movía entre la oscuridad, pero no quise darle importancia. Mi casi inexistente atención se concentraba en conseguir llegar a la cuadra.
Seguí caminando como pude. Creo que daba dos pasos hacia delante y medio hacia atrás. Además, no era capaz de avanzar en línea recta.
Un golpe apareció desde la incertidumbre del mundo y me crujió las costillas.
No lo vi venir. Ni siquiera lo entendí. Lo acogí como quien recibe una condena por algo que no ha hecho. El aire abandonó mis pulmones de golpe y mi cuerpo se dobló sin previo aviso. Caí de rodillas agonizando y llevándome las manos al costado. Una patada en el pecho me estampó contra una puerta y me quedé atontado. Parpadeé varias veces y levanté la cabeza como pude intentando coger aire.
Vi varias siluetas cerrándome el paso, ocultas tras una máscara negra y ordenadas como si nada de aquello fuera una casualidad. Intenté incorporarme, pero el dolor me astillaba por dentro, así que me arrastré a un lado y fingí que nada de eso estaba pasando.
Otra patada pasó rozándome la cara. La esquivé sin saber ni cómo.
Uno de ellos me levantó en peso y me empujó hacia un callejón. Me agarró del pecho y me estampó contra una pared. Sentí mi cuerpo suspendido en el aire. Reconocí el estilo de las vestimentas. Parecían soldados imperiales o algo muy similar. Llevaban la capa sujeta por una insignia negra que no había visto nunca.
—Te crees muy listo, ¿verdad? —dijo una voz detrás de la máscara.
El golpe me había cerrado el pecho y cada intento de respirar era un esfuerzo inútil.
—Yo no… —balbuceé, aunque ni yo mismo supe qué pretendía explicar.
—Sabe demasiado —murmuró otro a su espalda.
Eso me atravesó más que el porrazo.
Mi cabeza, medio ahogada en vino y dolor, trató de encontrar algún sentido, pero solo me devolvió imágenes rotas: un trato mal cerrado y una noche en la que quizá dije más de la cuenta a la persona equivocada.
—Acaba con él —ordenó una sombra a su espalda.
Cerré los ojos. No por valentía, sino porque no podía hacer otra cosa. No sentía que aquel fuera mi final, pero tampoco tenía fuerzas para impedirlo. Aun así, recé a todo lo que se me ocurrió: al cielo, a las lágrimas, a nuestra estrella payl, a los dioses viejos, a los nuevos, a mi verdadero padre, si es que existió.
El hombre que me sostenía me soltó para dejarme caer al suelo y me dio una patada para ponerme boca arriba. Luego escuché el sonido de una espada saliendo de la vaina.
—Por favor, dioses, padre —jadeé, sin aire.
—Acaba de una vez —insistió la misma voz.
—Apartaos de él —exclamó alguien desde las sombras.
Abrí medio ojo: dos figuras acababan de plantarse en la boca del callejón. Una de ellas era enorme.
—¿Quiénes son estos dos? —gruñó el que parecía mandar—. Quitadlos de mi vista.
La figura más alta no respondió. Dio un paso al frente.
—Le conviene retirar a sus hombres y marcharse —dijo el otro, apartándose la capucha y dejando ver su pelo canoso—. Esta noche, al menos.
Los hombres de la insignia negra se tensaron y desenvainaron sus armas.
No hubo más avisos ni intercambio de palabras, ni ese teatro ridículo que solían montar los hombres que necesitaban darse importancia antes de pelear. Solo violencia. Los desgraciados se lanzaron sobre ellos como perros hambrientos.
Traté de arrastrarme hacia atrás para intentar salir de allí, pero entre el alcohol y el dolor acumulado no tenía fuerzas y me costaba coger aire; me estaba mareando. Así que me quedé quieto, fingiendo estar inconsciente, mientras miraba de reojo.
Había ya varios cuerpos en el suelo. Todo pasaba muy rápido. Juraría que uno de esos soldados de negro había salido despedido varios metros, como si no pesara nada.
El hombre oscuro, cuyo rostro aún era desconocido, golpeaba como una bestia. Lanzó a otro contra la pared de un solo golpe. Esquivó el tajo de otro y le atrapó el cuello al instante. Se movía rápido. Demasiado rápido para alguien de su tamaño.
Uno de los soldados de negro intentó huir hacia el fondo del callejón, pero el hombre canoso lo derribó de un empujón y lo remató antes de que pudiera levantarse.
La vista empezó a fallarme, alcé la mano, buscando ayuda en ellos. Me estaba ahogando.
Lo último que vi antes de que el mundo se cerrara fue la silueta del hombre de pelo largo girándose hacia mí, con una calma impropia de alguien que acababa de enfrentarse al Imperio en un callejón sin despeinarse.
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