Cómo construir un universo de fantasía.
El error que casi todo escritor novato comete al empezar.
La mayoría de los escritores novatos empezamos construyendo nuestros universos por el tejado.
Diseñamos el sistema de magia. Después dibujamos un mapa enorme. Inventamos reinos, religiones, idiomas, criaturas... Y un día nos damos cuenta de que llevamos semanas construyendo un mundo en el que todavía no ha ocurrido absolutamente nada.
Yo también he pasado por ahí.
Y cada vez estoy más convencido de que el problema no es la falta de imaginación. Es que estamos intentando responder la pregunta equivocada.
No creo que un universo empiece cuando decides cómo funciona la magia. Ni cuando dibujas el primer continente. Ni siquiera cuando aparece el primer personaje.
Creo que un universo empieza mucho antes.
Empieza el día que descubres por qué necesita existir.
Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, cambia por completo la forma de escribir.
Piensa en Prometeo.
Cuando recordamos el mito solemos hablar del fuego. Pero el fuego nunca fue lo realmente importante. Lo importante fue la decisión de robárselo a los dioses.
Prometeo siente compasión por los seres humanos y, por eso, les entrega el fuego. Por ese acto, Zeus lo condena a permanecer encadenado a una roca mientras un águila devora su hígado una y otra vez.
El fuego es lo que recordamos.
Pero el sacrificio es lo que le da sentido.
Y creo que con los universos ocurre algo parecido...
Esta pregunta me ha obsesionado durante años.
¿Cómo consigue Brandon Sanderson construir un universo tan grande sin que parezca un caos?
Durante mucho tiempo busqué la respuesta en sus sistemas de magia. En las reglas que estableció para ellos. En las conexiones entre personajes de novelas distintas. Pensaba que el secreto estaba en la planificación, en la cantidad de detalles o en la complejidad del Cosmere.
Hoy estoy convencido de que la respuesta está en otro sitio.
Lo que realmente une el Cosmere no son sus sistemas de magia.
Es una idea.
La intuición de que mundos aparentemente distintos pueden compartir un mismo origen. Que detrás de fenómenos completamente diferentes puede esconderse una misma estructura.
Al menos, yo he terminado entendiendo el Cosmere de esa manera.
Adonalsium, las Esquirlas y todo el entramado que hoy conocemos parecen nacer de una misma pregunta.
La magia llega después.
Como en Prometeo, lo que vemos es la consecuencia.
Lo que no vemos es la pregunta que lo puso todo en marcha.
Y creo que eso nos pasa también cuando empezamos a escribir.
Buscamos ideas enormes. Intentamos inventar el sistema de magia más original o el mapa más espectacular. Cuando, en realidad, casi todas las grandes historias empiezan con una pregunta muy pequeña.
Yo imaginé Fortum preguntándome por la teoría del Big Bang y de ahí surgieron los prismas.
Después apareció la Latencia como sistema de magia principal.
Y, más tarde, escribí el primer capítulo de El precio de las lágrimas.
Vamos, que empecé la casa por el tejado.
Hoy entiendo que la verdadera naturaleza de Fortum existía mucho antes de todo eso.
Solo que yo todavía no era capaz de verla.
Hace unos meses estaba sentado en una cafetería, en uno de esos días en los que te lo cuestionas todo.
Esos «¿para qué hago esto?», «¿qué sentido tiene seguir?»...
Cerré el ordenador, cogí una libreta y me hice una pregunta que nunca me había hecho.
¿Por qué existe Fortum?
La respuesta no llegó de inmediato.
Tardó unos minutos.
Pero fue uno de esos momentos que sabes que no vas a olvidar nunca.
Fortum no existe para contar una gran historia de fantasía.
Existe para conservar una historia que no quiero que desaparezca.
Llevo más de cinco años construyendo este universo y, si hoy alguien me preguntara por qué escribo, mi respuesta sería muy distinta a la que habría dado cuando empecé.
Escribo porque quiero que la historia de mi padre siga existiendo mientras alguien siga leyendo.
Porque creo que esa es una de las cosas más bonitas que puede hacer la ficción: conservar aquello que la realidad termina perdiendo.
Los prismas no son el origen.
El Consejo de Fortum no es el origen.
La Latencia tampoco.
Todo eso son herramientas.
Fortum nunca fue el punto de partida.
Fue la forma que encontré de convertir un recuerdo en un lugar al que siempre pudiera volver.
Y, por primera vez, siento que entiendo por qué llevo tantos años escribiendo el mismo universo.
Esa misma semana llevaba varios días atascado con una escena de Darek en la nueva novela.
No porque no supiera qué tenía que pasar.
Lo sabía perfectamente.
El problema era otro.
No entendía por qué esa escena insistía tanto en aparecer.
Así que volví a hacerme algunas preguntas.
Mi primera novela gira en torno a la traición.
Durante mucho tiempo pensé que simplemente era el tema de la historia.
Sin embargo, con los años me di cuenta de que empecé a escribirla en uno de los momentos en los que más traicionado me sentía.
Entonces no fui capaz de ver la relación.
Solo estaba escribiendo.
Pero aquel descubrimiento cambió por completo mi forma de entender lo que hago.
Así que, cuando empecé a atascarme con la segunda novela, decidí hacerme una pregunta parecida.
¿Qué momento estoy viviendo ahora mismo?
La respuesta apareció casi sin pensar.
Estoy viviendo una etapa en la que siento que tengo que elegir constantemente entre cumplir con el deber o hacer aquello que realmente me hace sentir vivo.
Levanté la vista de la libreta.
Volví a mirar el capítulo.
Y lo vi.
Darek llevaba semanas enfrentándose exactamente al mismo conflicto.
No era una coincidencia.
Igual que la primera novela había nacido de una herida que entonces todavía no sabía nombrar, la segunda estaba naciendo de un dilema que estaba viviendo en ese mismo momento.
Solo que, esta vez, fui capaz de verlo mientras escribía.
Recordé una frase de Joan Didion que siempre me ha gustado mucho:
«Escribo enteramente para descubrir qué es lo que estoy pensando».
Creo que eso es exactamente lo que me está ocurriendo.
No utilizo la escritura para demostrar que tengo una buena idea.
Escribo para descubrir cuál es.
Y quizá ahí esté el verdadero origen de cualquier universo de fantasía.
No en la imaginación.
Sino en una pregunta que todavía no sabes responder.
Si hay algo que he aprendido durante estos años es que ese porqué no es fácil de encontrar y casi nunca aparece delante del ordenador.
No porque el ordenador sea peor.
Simplemente porque cumple otra función.
Cuando me siento delante de la pantalla quiero avanzar. Quiero terminar el capítulo, mover escenas, cambiar diálogos, reescribir y producir.
El ordenador me invita a construir.
La libreta, en cambio, me obliga a pensar.
Y esa diferencia cambia por completo las preguntas y las respuestas.
Por eso, cuando una historia no avanza, casi nunca intento solucionarlo escribiendo más.
Cierro el portátil, cojo un bolígrafo y me pongo a lanzar preguntas.
Hace poco descubrí una idea de Dan Koe que me gustó mucho. Él propone empezar cada mañana escribiendo durante un rato, pero no para organizar el día ni hacer una lista de tareas.
Lo hace para entenderse mejor.
Hay dos ejercicios que me parecen especialmente útiles para cualquier escritor.
El primero consiste en nombrar un miedo.
Escribirlo sin adornos y sin intentar solucionarlo.
Solo escribirlo.
Porque, según él, el miedo pierde parte de su fuerza en el momento en que deja de dar vueltas por tu cabeza y aparece delante de ti, escrito en un papel.
Sigue existiendo, por supuesto.
Pero deja de ser una sombra difusa para convertirse en algo concreto.
Algo que puedes mirar de frente.
El segundo ejercicio me gusta todavía más.
En lugar de preguntarte qué quieres conseguir, pregúntate qué no quieres volver a perder.
Él lo llama la anti-visión.
Y cuanto más tiempo llevo escribiendo, más sentido le encuentro.
Porque Prometeo no roba el fuego pensando en el fuego.
Piensa en los seres humanos.
Sanderson no empieza por un sistema de magia.
Empieza por una idea que quiere explorar.
Darek no toma la decisión más importante de su vida porque deje de tener miedo.
La toma porque descubre que hay algo que teme mucho más.
Volver a perder a Justin.
Y yo tampoco construyo Fortum pensando en los prismas.
Lo hago porque hay una historia que me niego a olvidar.
Quizá todos los escritores hacemos exactamente lo mismo.
Solo que tardamos años en darnos cuenta.
Por eso quiero proponerte un ejercicio.
No necesitas una libreta especial ni un bolígrafo caro.
Puede ser el primer papel que encuentres, las notas del móvil o cualquier lugar donde puedas escribir una frase.
¿Qué es lo que más miedo tienes de perder?
Si esa pregunta no te funciona, prueba con otra.
¿Qué te gustaría que siguiera existiendo cuando tú ya no estés?
Y hay una tercera que escuché hace poco en un vídeo de mi hermano y que me pareció brillante.
Si ya tuvieras todo lo que deseas en la vida y solo te dedicaras a escribir... ¿sobre qué escribirías cada día?
No busques una respuesta brillante ni original.
Busca una respuesta verdadera.
Creo que ahí empieza cualquier historia que merezca la pena ser contada.
Y, curiosamente, cuando encuentras esa respuesta, construir un universo deja de parecer tan complicado.
Ya no estás intentando inventar un mundo.
Estás intentando proteger algo.
Y eso cambia por completo la forma de escribir.
A partir de ahí ya puedes abrir el ordenador.
Diseñar el sistema de magia, dibujar el mapa y pensar en las reglas.
Todo eso sigue siendo importante.
Pero ahora tiene un lugar donde apoyarse.
Un sistema de magia puede hacer que un lector recuerde tu universo.
Un gran personaje puede hacer un hueco en su corazón.
Una escena inolvidable puede acompañarlo durante años.
Pero un buen porqué consigue algo mucho más difícil.
QUE QUIERA VOLVER.
Quizá por eso seguimos hablando de la Tierra Media.
Porque detrás de cada uno de esos lugares hay una idea profundamente humana con la que seguimos conectando décadas después.
Al principio de este correo te decía que la mayoría empezamos por el sistema de magia.
Sigo pensándolo.
Pero ahora añadiría algo más.
No creo que ese sea el único error.
El verdadero error es intentar construir un universo antes de descubrir qué merece la pena conservar dentro de él.
Porque, al final, eso es lo que hace cualquier historia.
Intentar que algo sobreviva un poco más.
Un recuerdo.
Una persona.
Una idea.
Una forma de mirar el mundo.
Aunque solo sea mientras alguien siga pasando páginas.
Gracias por leer.
Alberto.
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