Hay viajes que te rompen por dentro.
A veces, basta con ver morir a un amigo.
Diario de Aemege
Día 12, Quinta Luna del año 610 d.u.
Hoy ha sido un día difícil.
Ser hermano mayor es un privilegio que no todos pueden disfrutar y una responsabilidad que te acompaña toda la vida.
No recuerdo la última vez que hablé con Jey. Diría que partió con la primera luna de este ciclo.
Y, sin embargo, el hombre con el que hoy he compartido mesa ya no es el mismo.
El mar lo ha cambiado.
Habla poco.
Mas cuando lo hace, escoge bien sus palabras.
Durante años creí que su vida no era sino una sucesión de rutas, jornadas y aventuras que poco podían aportar a aquello que intento comprender.
Hoy ya no sostengo tal certeza.
Me ha referido algunos sucesos ocurridos en una de sus últimas travesías hacia el este.
Y, más allá de las coincidencias entre su relato y las conclusiones de mi investigación, lo que verdaderamente me inquieta es él.
Su actitud.
Su forma de mirar el mundo.
Siempre ha sido reservado.
Pero también atento.
Ha visto morir a uno de sus compañeros, y eso lo ha marcado.
Según cuenta, un hombre destrozó la cabeza de su amigo de un solo golpe.
A él, en cambio, apenas le dejó un morado en el costado.
Jey lo atribuye a la fortuna.
A un golpe mal dado.
Yo no lo creo.
Tiene la mirada de quien no se perdona lo ocurrido. Cree que pudo haberlo salvado.
No me corresponde aliviar esa carga.
Solo puedo ofrecerle mi atención.
No entiendo por qué aquel indígena no acabó con su vida.
Y, aun así, estoy convencido de que guarda relación con el relato de Chacón Ruby y la batalla del acantilado.
El emisario hablaba de un soldado capaz de desplegar una fuerza imposible.
No puede ser casualidad.
En ambos relatos caían lágrimas del cielo.
¿Y si tal fenómeno estuviera ligado a algo más?
¿A una forma de poder que aún no comprendemos?
Recuerdo haber oído en muchos rincones de este mundo que quienes no temen a nada viven más ciclos.
Pero no alcanzo a comprender cómo es posible no temer a la muerte.
Durante nuestra infancia, Jey siempre pareció estar por encima de toda adversidad.
No por poseer un conocimiento extraordinario.
Ni un dominio exhaustivo de ninguna habilidad.
Sino por ser capaz de someterse a una profunda rendición.
¿Será ese el motivo?
¿Aceptar lo inevitable sin resistencia?
Un anciano dijo una vez:
«No importa lo que te sucede, sino qué haces con lo que te sucede».
Y Jey es un maestro en ello.
La vida en el mar es dura.
Escogió ese camino sin pensar demasiado, guiado por el deseo de aventura y una afinada intuición.
Y ahora parece moverse en él con una naturalidad que no deja de inquietarme.
Su forma de enfrentarse al peligro resulta casi irritante.
Y, al mismo tiempo, digna de admiración.
He tratado poco con el emisario Chacón, pero lo suficiente para advertir ciertos paralelismos entre ambos.
¿Y si fuera eso?
¿Y si esas lágrimas protegieran a quienes no sienten miedo?
A quienes no traicionarían lo que son, ni siquiera ante la muerte.
A quienes están dispuestos a rendir su alma por defender sus valores.
¿Y si esa forma de enfrentarse al mundo ofreciera cierta resistencia ante estas anomalías?
Hay, además, algo de nuestra conversación que no consigo apartar de mi mente.
Habló del cargamento que recogieron en la isla.
Lo hizo sin darle importancia.
Como si fuera un detalle más del viaje.
Mas hubo algo en su tono que no encajaba con mis pensamientos.
Como si no pudiera decir más.
Dijo que, durante las noches de regreso, el interior del barco parecía vivo.
No supo explicarlo con claridad.
No era un sonido.
Sino más bien una vibración.
Como si la madera del casco guardara algo que empujaba desde dentro.
Intenté atribuirlo al cansancio, pues el mar distorsiona los sentidos.
Pero, al preguntarle de nuevo, guardó silencio.
Y entonces añadió algo que no había mencionado al principio:
No era la primera vez.
Había ocurrido en otras travesías.
Siempre en circunstancias similares.
Siempre con el mismo tipo de carga.
No ofreció explicación alguna.
Ni pareció interesado en hallarla.
Para él, no era más que una curiosidad.
Un detalle sin importancia.
Y, sin embargo no logro dejar de pensar en ello.
Hasta donde sabemos, el Imperio paga precios desorbitados por el material.
Y, aun así, apenas existe información fiable sobre su origen o naturaleza.
Nadie sabe nada al respecto, y nadie parece dispuesto a averiguarlo.
Todo parece indicar que guarda relación con estas anomalías.
Y ahora no puedo sino preguntarme:
¿Por qué el Imperio muestra tanto interés?
¿Estará todo relacionado?
¿Sabe algo el Imperio que nosotros no?
Aemege Synmas 🪶
Fuente: Páginas del diario personal de Aemege (entrada original)
Si te ha gustado y quieres apoyar el proyecto, compártelo con alguien que también ame las historias de fantasía.

