La deuda.
Día 12, primera luna, Ciclo 610 d.U.
El precio de las lágrimas
Memorias del Cielo
Recuerdo de Justin
Los talleres Varylo estaban por todas partes. Eran de piedra oscura, con parches de hierro oxidados, humo constante y guardias que no miraban a nadie a los ojos.
Darek iba delante de mí por el patio lateral, apretando los dientes. Yo lo seguía con el estómago revuelto.
Habíamos dejado el carro fuera, cerca de la puerta: sin seda, sin carga, sin nada.
Aún me costaba aceptarlo, aunque había pasado todo el tramo final del viaje de vuelta intentando hacerlo. Aquella noche volvía a mi cabeza una y otra vez.
No solo habíamos perdido la mercancía, sino que estábamos a punto de perder el favor de la casa Varylo.
Me repetí muchas veces que no pasaba nada. Que Darek lo arreglaría. Siempre lo arreglaba. Siempre tenía una sonrisa, una frase ingeniosa o una promesa.
Pero aquella vez no sonreía.
Los guardias nos detuvieron en la entrada. Eran dos, con la misma cara de piedra y las manos firmes en las lanzas. Uno de ellos miró a Darek como si lo conociera. Luego me miró a mí.
—¿Encargos? —preguntó.
Darek asintió.
—Sí.
El guardia alzó la barbilla hacia el interior.
—Entrad.
No dijo “por favor”. En esa clase de lugares no había tiempo para la amabilidad.
Atravesamos un pasillo donde el aire estaba cargado de ceniza. Al fondo se oía el golpeteo de los martillos, que hacía temblar el suelo.
Tragué saliva.
—Darek… —murmuré, para que solo me oyera él—. Dime que tienes algo pensado.
No se giró.
—Sí, Justin. Tranquilo.
Eso me calmó durante un instante.
Siempre había confiado en él, pero esta vez sentía algo raro, algo distinto.
Nos condujeron a la sala del procurador. Era un hombre delgado, con las manos limpias y el pelo peinado hacia atrás. Estaba sentado tras una mesa llena de tablillas y un cuaderno de tapas oscuras. Levantó la mirada despacio cuando entramos. No hizo ningún gesto.
—Darek —dijo, como si leyera un nombre de una lista.
Luego me miró.
—Y tú eres el socio.
Asentí, con la garganta seca.
—Sí, señor.
No sonrió. Pasó una página del cuaderno con dos dedos.
—¿Todo bien? —preguntó al fin.
Darek dio un paso adelante.
—Nos han robado…
No lo dijo temblando; parecía tener algo en mente. Yo me quedé callado.
El procurador parpadeó una sola vez.
—¿Os han robado?
—Sí —respondió Darek.
—¿En qué tramo?
—Antes de llegar a Tallín.
—¿Cuánto?
—Todo.
El procurador inclinó apenas la cabeza, como si le irritara el mero hecho de escuchar.
—¿Me estáis diciendo —dijo— que he invertido dinero en vuestro viaje, en bestias, en la vía, en permisos… y me habéis hecho perder el tiempo?
Darek apretó la mandíbula.
—Lo intentamos… pero alguien nos…
El procurador dio un golpe sobre el cuaderno.
—No me importa lo que hayáis intentado —dijo con voz suave—. Me importa lo que habéis hecho.
Miró un instante a los guardias. Luego volvió a nosotros.
—Habéis malgastado mi tiempo y mi dinero.
Un frío extraño me recorrió la espalda.
Darek abrió la boca.
—Podemos…
—Calla.
Se quedó quieto.
El procurador entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Escuchad bien, porque no lo repetiré dos veces. El dinero que invertí en ese encargo se me devolverá. Y, por el tiempo perdido… multiplicado por dos.
Darek parpadeó.
—¿Por dos?
—Por dos —repitió el procurador, impaciente.
Darek tragó saliva.
—No tenemos esa cantidad ahora mismo…
El procurador lo miró como si acabara de oír una estupidez.
—Entonces, ¿habéis venido a hacerme perder más tiempo?
Di un paso adelante antes de pensarlo. La voz me salió temblorosa, pero firme.
—No, señor. No hemos venido a malgastar su tiempo —dije, obligándome a sostenerle la mirada—. Ahora no tenemos esa cantidad, pero trabajaremos gratis para ustedes hasta devolverla.
Noté a Darek mirándome de reojo. No le gustó mi respuesta.
El procurador me observó durante un segundo. Parecía… divertido.
—Qué noble —dijo—. “Trabajaremos gratis”.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Gratis? —gruñó—. ¿Acaso creéis que mi tiempo no vale, como mínimo, el doble que vuestras dos vidas juntas?
Cerré los ojos un momento y tragué saliva.
—Tu propuesta es insuficiente —sentenció.
Señaló con un dedo hacia nosotros.
—Uno de los dos se queda aquí.
Me quedé sin aire.
—¿Aquí? —alcancé a decir.
—Ahí —señaló la puerta que daba al infierno—. En el taller.
Darek reaccionó por fin.
—No es necesario… podemos…
—Lo es.
El procurador giró ligeramente la cabeza.
—Uno se queda para asegurar que la deuda se paga. El otro seguirá fuera, aceptará encargos sin cobrar hasta que todo quede saldado.
Miré a Darek.
En mi cabeza, aquello tenía una lógica cruel. Una justicia torcida.
Si uno tenía que quedarse… debería ser él.
Porque fue él quien habló de más en el camino.
Me giré hacia, esperando ver la misma comprensión en sus ojos. Esperando, al menos, que se adelantara.
Darek abrió la boca.
Y no dijo “me quedo”.
Dijo otra cosa.
—Yo puedo reunir el dinero antes —soltó, rápido y desesperado—. Puedo… puedo conseguirlo.
Mi pecho se hundió.
En ese instante entendí que estaba asustado.
Y cuando Darek se asustaba… siempre elegía el camino que le permitía seguir caminando.
—Darek… —dije en voz baja—. ¿Qué dices?
Me miró. Tenía los ojos brillantes, como si no supiera dónde fijarlos.
—Justin, escúchame… Si salgo, puedo conseguir el dinero más rápido. De verdad.
—¿Y yo qué? —pregunté—. ¿Cómo voy a quedarme ahí?
Darek se acercó medio paso.
—No tardaré mucho, Justin. Lo prometo.
Eso dolió, porque era una frase hermosa para una idea horrible.
—Fue culpa tuya —se me escapó. Me odié por decirlo así, tan directo, pero no pude contenerlo—. Tú hablaste de más. Tú contaste lo que llevábamos en el carro. Ibas borracho y te robaron a ti. Te avisé.
Darek apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—Entonces…
Me faltaron las palabras.
Me quedé mirándolo, esperando que lo entendiera sin tener que clavárselo.
El procurador chasqueó la lengua, impaciente.
—Decidid —ordenó, irritado—. No tengo tiempo para ver discutir a dos críos.
Darek miró al procurador. Luego a mí.
—Si me deja salir, señor… puedo hacer un encargo al este mañana mismo. Puedo organizar más carros, duplicar el viaje…
El procurador alzó una mano, cortándolo.
Darek se quedó quieto.
—Uno dentro. El otro sale hoy mismo.
Nos miramos.
—Darek —susurré—. No me voy a quedar aquí.
Abrió la boca para responder, pero no le dio tiempo.
El procurador se levantó despacio, como quien ya ha soportado suficiente.
—Se acabó.
Hizo un gesto mínimo con la cabeza.
Los guardias entraron.
—¡Esperad! —dije, instintivamente, dando un paso atrás.
Uno de ellos me agarró del brazo.
—Darek… —mi voz se quebró—. Darek, por favor.
Intentó acercarse, pero el otro guardia le cortó el paso.
Forcejeé una vez, por desesperación, pero fue inútil.
Me arrastraron hacia la puerta lateral.
El procurador ya había vuelto a sentarse.
Vi a Darek por última vez desde el umbral. Estaba pálido.
—Justin… —murmuró.
—Date prisa —le pedí, con la voz rota—. Por favor, Darek… date prisa.
La puerta se cerró.
Y el taller me tragó.
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