Lo que el mundo necesita de ti
Un ensayo sobre miedo, cambio y fuego.
No hay ningún estudio que confirme esto, y probablemente nunca lo haya. Ni pretende ser este texto quien lo haga. No soy el único que tiene esta sensación. Cada vez encuentro más personas, de ámbitos completamente distintos, que describen un cambio parecido con palabras diferentes. Mi forma de entenderlo es esta: creo que la humanidad, y quizá también el planeta Tierra, están atravesando un proceso de transformación. En mi universo de fantasía lo explico como una elevación de la frecuencia vibracional.
Empecé a escribir sobre todo esto en 2020. No entendía por qué lo hacía ni qué estaba escribiendo realmente; no era una idea, era una sensación de deber, algo que tiraba de mí sin pedir permiso. Desde entonces, cada rato libre que he tenido lo he gastado en lo mismo, a veces de forma obsesiva: aprender sobre cómo funciona el universo. Quería entender qué era eso que sentía. Hoy, seis años después, sigo sin tener una prueba clara. Pero he dejado de necesitarla.
Te cuento cómo funciona el universo que llevo años construyendo para bajar este concepto a tierra. No haré mucho spoiler, pero esto podría daros pistas para entender el funcionamiento de la latencia en El precio de las lágrimas, mi primera novela de la saga. El planeta Sunz está atravesando un proceso que, para mí, guarda cierto paralelismo con el momento que vivimos en la Tierra.
Imagina el planeta Tierra como un sistema nervioso.
Para entender cómo ocurre, imagina el núcleo del planeta como un círculo enorme. De ese círculo nacen millones de “cables”, o “ramificaciones”. Llévate a la mente el sistema nervioso de un cuerpo humano, porque es prácticamente igual. El cerebro es quien envía información al resto del cuerpo; el núcleo del planeta es quien la envía a todos los lugares y seres del mismo. Pero claro, para eso, en el cuerpo humano cada órgano tiene instrucciones precisas sobre qué hacer con esa información. Por ejemplo, cuando has ingerido comida, el estómago se encarga de empezar la digestión. Pues en el planeta Sunz imaginemos que esos “cables” están conectados a nodos principales que harían la función de los órganos. Por ejemplo, un nodo que cubre todo el océano Atlántico: la información que recoge la transforma en instrucciones precisas para esa zona concreta.
Hemos empezado por lo más grande, así que vayamos hacia lo más pequeño. En este universo, lo más pequeño se llama prisma. Y para poner un símil que entendamos: un ser humano tiene tantos prismas como su índice metabólico basal. Es decir, que un ser humano corriente como yo tendría unos 1.600 prismas. Digamos que es la unidad de medida más tangible para nosotros.
Un prisma es para el planeta Sunz lo que el ATP es para el cuerpo humano.
¿Cuánto consume una persona por existir en este mundo? Esa sería la pregunta correcta. Imaginemos que el núcleo de Sunz recibe trillones de prismas, y que los cables los reparten equitativamente según la necesidad de cada región. Un océano, por ejemplo, exige más prismas que una gran ciudad llena de personas, aunque parezca raro, porque hay más masa.
Imagina ahora que pudieras salir de tu cuerpo y viajar a través de los cables que unen todo el mundo. Moverte con total libertad, interactuar con esa energía viva que nunca deja de fluir. Llevar contigo información que solo tú tenías y depositarla en otro lugar, en otra persona. Buenísimo, ¿verdad? Pues algunos personajes de la novela ya saben cómo hacerlo.
Todo esto es para ponerte en contexto y que entiendas el cambio de frecuencia de nuestro planeta Tierra con un ejemplo divertido. Igual que cualquiera de nosotros está en continuo cambio y nos encanta aprender cosas, el planeta también. Utilicemos esta escala para visualizarlo:
En el ejemplo del planeta Sunz, está en el nivel 4, sufrimiento, tratando de elevarse al nivel 5, miedo. Para ello requiere un esfuerzo por parte de toda la humanidad; él solo no puede hacerlo. Pero claro, esto no ocurre de la noche a la mañana. Si te fijas, cada X años (digo X porque cada vez es más rápido y exponencial) se da un salto. Te pongo un ejemplo: ¿cuántos años estuvo la humanidad usando caballos para moverse? ¿Y cuántos hemos tardado entre el primer coche y un coche eléctrico que no necesita conductor? Cada cambio de ciclo coincide con una elevación vibracional del planeta y requiere de toda la humanidad remando en la misma dirección. Pero, igual que el planeta se eleva, también puede volver a bajar. Eso podría explicar por qué algunos cambios tardaron tanto.
Todo esto venía a cuento porque, si os fijáis a vuestro alrededor, en redes sociales o donde quiera que miréis, cada día una nueva persona da el paso. El paso, ¿a qué? A ser aquello que el mundo necesita de ella o de él. Si te gusta el contenido de libros, seguro que cada día que entras a tu red social favorita ves a un nuevo booktoker. Si te gusta el desarrollo personal o el fitness, cada día te sale uno nuevo.
Cada ser vivo está conectado a ese núcleo, aunque haya distintos nodos intermediarios que se aseguren de que les llega la información que necesitan para su existencia.
¿Crees que es casualidad que cada día más personas sientan que quieren escribir? ¿Que cada día más personas sientan que tienen mucho más que aportar al mundo? ¿Que cada día más personas usen las redes sociales para transmitir su mensaje? Si fuera porque van a ganar dinero, sería obvio. Pero la realidad es otra: más de dos tercios de quienes crean contenido no ganan ni mil euros al año, y casi seis de cada diez que empiezan no ven un solo euro. ¿Será que ahora la humanidad se ha vuelto completamente altruista y generosa? ¿O será que hay un sentido de urgencia más grande que todos nosotros, apuntando a un cambio de frecuencia, y todos estamos aportando nuestro granito de arena, SIN SABERLO?
Nuestro planeta también somatiza.
¿Sabes qué es la somatización? Es cuando algo que no quieres mirar —un miedo, una pena o una tensión que llevas meses tragando— no desaparece, sino que se manifiesta en el cuerpo: una contractura, un dolor de estómago o un insomnio que no sabes explicar. El cuerpo no inventa nada; simplemente expresa aquello que la mente no ha sabido integrar.
Me gusta pensar que los planetas, igual que las personas, también atraviesan procesos de cambio. Y que, cuando algo cambia por dentro, rara vez lo hace sin generar tensión antes.
Si ocurre esto, ¿en qué lugar queda el ser humano?
Y mira esta casualidad de ciencia ficción, o bueno... quizás no es tan ficción. La inteligencia artificial avanza más rápido de lo que nosotros, como seres humanos, somos capaces de aprender y, pronto, de entender. Si creamos inteligencias más listas que nosotros... ¿si creamos? Vale. YA EXISTEN. Si les damos un cuerpo metálico y esos nuevos “seres” o “máquinas” son mil veces mejores que nosotros en cualquier aspecto, ¿en qué lugar quedamos? ¿Seguiremos siendo la raza dominante del mundo dentro de cien años? ¿Dentro de veinte? Piénsalo: si un robot puede hacer lo mismo que nosotros pero mejor, si una inteligencia artificial puede pensar lo mismo solo que con toda la información, ¿qué pintamos aquí?
Está claro que me llevé el ejemplo al extremo, y daría para una saga de ciencia ficción completa; quizá introduzca el concepto en un libro, porque me fascina. Pero quédate con esto, que es donde quería llegar: no podemos ganarle a una máquina en cálculo, ni en datos, ni en velocidad. Hay un terreno en el que, al menos hoy, seguimos siendo profundamente humanos: la consciencia. Quizá por eso el planeta nos empuja a elevarla justo ahora.
La IA no es solo una amenaza: es la presión que nos obliga a dar el salto.
¿Y si nuestra supervivencia depende crucialmente de estos próximos años? ¿Y si en los próximos cincuenta el ser humano debe evolucionar su consciencia para sobrevivir? La evolución de una especie no ocurre en cincuenta años, eso es evidente. Pero el instinto de supervivencia del ser humano es tan extraordinario como su mera existencia.
Y por alguna razón que quizá tenga que ver con el inconsciente colectivo, no soy el único que está escribiendo sobre esto, ni el único que parece sentirlo. ¿Coincidencia? Puede ser. O quizá no. Cada persona lo llamará de una forma distinta: Jesús, Alá, el Universo, Stan Lee... da igual. Lo único que sé es que tengo la sensación de que algo está cambiando. Y, si tantas personas parecen percibir lo mismo, quizá merezca la pena escucharlo.
La pregunta es: ¿dónde quedará tu lugar si no aportaste tu parte a este trabajo colectivo? ¿Qué lugar ocupará quien decida no participar en ese cambio? ¿Algo te impide recibir esa información de un nodo? ¿Qué te impide entregar y compartir con el resto del mundo esa información que te llega? ¿Quizás es el miedo? ¿Quizás eres una persona egoísta y lo quieres todo para ti?
Y aquí está el truco: cuanto más fuerte aprietas contra ese miedo —el de volverte obsoleto, el de no ser suficiente, el de que una máquina te adelante—, más cabezas le salen. Porque ese pánico a quedar fuera no es nuevo, ni es solo tuyo. Es la Sombra de toda una especie asomando a la vez. Y resulta que hace tres mil años ya nos contaron, con otro lenguaje, cómo se vence a algo que se multiplica cada vez que lo atacas de frente.
¿Has escuchado alguna vez la historia de Hércules y la Hidra?
Imagínate esto: estás en los pantanos de Lerna. El aire es espeso, huele a azufre, y frente a ti se alza la Hidra, una bestia descomunal de múltiples cabezas reptilianas. Sacas tu espada, respiras hondo y, con un movimiento rápido, le cortas la primera cabeza. Sientes el subidón de la victoria... por un segundo. De inmediato, del cuello cercenado brotan dos cabezas más, más feroces y hambrientas que la anterior. Vuelves a atacar y ocurre exactamente lo mismo.
Hércules entendió que la fuerza bruta no bastaba. Para vencer a la criatura, necesitó la ayuda de su sobrino Yolao y un elemento clave: el fuego. Cada vez que Hércules cortaba una cabeza, Yolao quemaba el cuello abierto, cauterizando la carne e impidiendo que se regenerara. Al final, solo quedó una cabeza inmortal, que el héroe cortó y enterró bajo una roca gigantesca.
Para el psiquiatra Carl Jung, los mitos no eran simples cuentos de hadas; eran proyecciones del inconsciente colectivo. En esta historia, la Hidra de Lerna no es un monstruo externo: es un mapa perfecto de nuestra Sombra. La Sombra representa todo aquello que reprimimos, lo que no nos gusta admitir de nosotros mismos: traumas, envidias, miedos, complejos o adicciones. Cuando intentas resolver estos problemas con la “fuerza bruta” —la represión, la fuerza de voluntad ciega o simplemente fingir que no están ahí— ocurre el efecto Hidra: el problema se multiplica. ¿Intentas acallar la ansiedad trabajando en exceso? Brotan el insomnio y la irritabilidad, dos cabezas nuevas. ¿Reprimes tu enojo en lugar de entenderlo? Reaparece transformado en autosabotaje o cinismo.
¿Y cómo venció Hércules la maldición de la regeneración? No puedes curar lo que te niegas a mirar. El fuego representa iluminar los rincones oscuros de tu mente y hacer el doloroso trabajo de autoanálisis. Quemar el cuello de la Hidra significa aceptar el problema, entender de dónde viene y asimilarlo. Al integrar tu Sombra con la luz de la consciencia, impides que tus demonios internos sigan duplicándose.
¿Y qué pasa con la cabeza inmortal que Hércules enterró bajo la roca? Jung nos recordaría que la Sombra nunca se destruye por completo. Siempre habrá una parte de nuestro inconsciente primitivo latente. El objetivo no es ser perfectos ni eliminar nuestros defectos, sino volvernos conscientes de ellos, dominarlos y ponerlos bajo el peso de nuestra madurez y autodisciplina: la roca.
El ejemplo del planeta Sunz es simplemente mi forma de entender el mundo, dándole un toque fantástico, porque me encanta. Soy una persona muy visual, capaz de ver las cosas mientras las imagino. Soy de ese tipo de escritores que no entienden cómo escriben, porque están viendo una película mientras algo mueve sus manos sobre el teclado. Cada uno tiene un canal diferente para atraer esa información del “núcleo de la Tierra”, o de lo que tú quieras llamarle. Por cierto, solo os conté a pequeña escala cómo funciona el planeta Sunz: he creado un universo entero donde todo está conectado, y cada capítulo, cada libro que publique, será una pieza del gran puzzle. Llevo años cociendo a fuego lento la saga que siempre me hubiera gustado ver, jugar o vivir.
Quédate con lo importante.
El fuego no es solo una metáfora.
Es un acto.
Esta semana, coge un papel y escribe en una sola frase el mensaje que entregarías al mundo si el miedo no existiera. Lo que te salga, sin que lo vea nadie. Eso es encender la primera antorcha.
No estás venciendo a la Hidra entera: estás cauterizando el primer cuello. Y mañana, otro.
Porque el mundo no necesita que seas perfecto.
Solo te necesita a ti.
Te leo en comentarios: ¿qué necesita el mundo de ti?
Esto es solo el primer cuello. Si quieres cortar los siguientes conmigo, suscríbete: cada sábado enciendo una antorcha nueva por aquí y unos días después en mi canal de YouTube @albertomges.
Comparte esto con esa persona que sabes que tiene algo que decir y aún no lo ha dicho.
Gracias por leer.
Alberto.


