Prólogo
Día 14, sexta luna, ciclo 614 después de la Unificación.
El precio de las lágrimas
Memorias del Cielo
Prólogo
La luz de las lágrimas atravesó las ventanas e iluminó la taberna con un destello naranja. Al principio encandilaba mirarlas, luego se apagaron poco a poco, conforme se acercaban al suelo. El sonido era extraño, amortiguado, como tener la cabeza en un barril lleno de agua y oír a alguien hablar desde fuera. Hacía mucho que no caían por aquí cerca. O, al menos, hacía mucho que no me encontraba con ellas.
La taberna apenas había cambiado. Seguía siendo un refugio cálido y gastado, con las mesas torcidas, el olor a grasa recalentada y a vino especiado flotando en el aire como una nube. Allí, los hombres seguían bebiendo como si el cielo pudiera romperse sin que eso tuviera nada que ver con ellos.
Justin alzó la copa y bebió despacio, sin mirarme.
Repetí el gesto, apuré lo que quedaba de vino y me quedé observando la madera de la barra. Estaba llena de cortes viejos, manchas oscuras y una grieta que la cruzaba de lado a lado. Alguien había derramado vino hacía poco y lo habían limpiado mal.
—Odio ese pitido —murmuró al cabo de un rato, mientras daba vueltas a la copa.
Giré apenas la cabeza. Tenía la vista fija en una de las ventanas, donde los reflejos naranjas se quebraban en el cristal.
—Yo odio no tener noticias —respondí.
Justin sonrió sin ganas y dejó escapar aire por la nariz, como si aquello le hubiera hecho gracia. Bebí otro trago y pedí que me rellenaran la copa. El vino era caro. Lo bastante bueno como para hacer creer que se es alguien de una casa influyente con cierto gusto, y no un desgraciado con dinero hueco, sentado al fondo de una taberna de pueblo esperando una falsa promesa.
—Las lágrimas siempre me recuerdan a ellos —dijo Justin, suspirando. Seguía dando vueltas a la bebida.
Sentí cómo se tensaba mi mandíbula. No respondí.
Terminó el vino de un trago y dejó la copa sobre la barra.
—Darek... —murmuró, pero no dijo nada más.
Hubo un silencio corto, de esos que esconden un huracán de pensamientos esperando una rendija por la que salir.
Mi atención volvió a la bebida. Empecé a imitar los giros que Justin daba a la copa. Ver el vino dar vueltas y escuchar el pitido constante de las lágrimas me arrastró de nuevo a algunos momentos de aquel viaje: la guerra que provocó, la certeza de lo estúpidos que fuimos, que había traicionado a la única familia que he tenido y aquel último baile con ella.
—Darek —insistió Justin, más bajo—, si nos proponen volver... ¿qué haremos?
Tardé un instante en responder.
—Han pasado dos ciclos, Justin. No me atrevo a decir nada. Ojalá…
Unas lágrimas impactaron cerca. Nos tambaleamos sobre los taburetes. Mi copa cayó al suelo. Justin agarró la suya a tiempo. Los cristales vibraron y el pitido desapareció de golpe. Algunas voces se apagaron durante un momento, incluida la mía, pero enseguida todo continuó como si no hubiera pasado nada. Siempre igual, nadie quería opinar. Solo esperaban a que terminara y seguían con sus vidas, como si el cielo no acabara de escupirnos en la cara.
Le pedí al camarero que repusiera mi bebida, eché un vistazo general a la taberna y vi que todo seguía en su sitio. Me acomodé de nuevo en el taburete. Justin me estaba mirando.
La puerta se abrió de golpe. Como otras muchas veces. Pero esta vez no pasó desapercibido.
—Te has acordado, ¿no? —preguntó Justin con media sonrisa, mientras se recogía el pelo con una cuerda fina.
Sonreí. No por lo que recordé, sino porque sentí que ese recuerdo seguía vivo en algún lugar de mí.
Le aparté la mirada sin responder y volví a la copa que acababa de servirme el camarero. El sonido de los pasos contra la madera atravesando la sala me hizo recordar el golpe de la puerta y plantearme quién había estado fuera durante el impacto de las lágrimas.
Me quedé quieto, con la copa a medio camino, la vista clavada en la barra, mientras inhalaba el polvo de la calle que se colaba por las ventanas. Miré a Justin de reojo: seguía dando vueltas al vino, como si no estuviera escuchando también aquellos pasos.
Suspiré y traté de quitarle importancia. Entonces me llegó un olor conocido.
—No puede ser —murmuré para mí.
Cerré los ojos. La piel se me erizó. Llevé el puño al pecho y cogí una bocanada de aire que me llenó los pulmones. Pude sentir cómo Justin me miraba.
No pude girarme. Los recuerdos empezaron a invadir mi cabeza. El pasado me acababa de encontrar otra vez.
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