Seda y fuego.
Día 27, sexta luna, Ciclo 610 d.U.
Crónicas del Archivo: Interrogatorio a Davan Syrrel.
Desde el otro lado del cristal, la sala parecía más pequeña de lo que era.
El emisario Chacón dejó la vela encendida sobre la mesa con cuidado. No se sentó de inmediato. Rodeó la silla del arrestado con pasos lentos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin.
—Davan. Davan Syrrel.
—Davan. —Chacón repitió el nombre sin énfasis y se sentó al otro lado de la mesa—. Trabajas para la casa Varylo.
No era una pregunta.
—En los almacenes, sí. Registro todas las entradas y salidas. Llevo cuatro ciclos con ellos, más o menos.
—Cuatro. —El emisario tamborileó dos dedos sobre la mesa—. Entonces conoces bien el taller de la vía Horna.
Davan tragó saliva.
—Sí, claro.
—¿Estabas allí ayer por la tarde?
—Sí.
Chacón esperó.
Davan resistió unos segundos más de lo esperado.
—Como siempre, revisando los registros pendientes y preparando los nuevos. Nada raro.
—¿Nada raro?
—Nada…
El emisario inclinó la cabeza levemente.
—Los guardias de la puerta norte dicen que te vieron entrar con tres personas.
Se hizo un silencio.
—Ah… —Davan se aclaró la garganta—. Sí, coincidí con ellos en la entrada, pero se quedaron hablando con el procurador.
—¿Los conocías?
—Los había visto una vez…
—Una vez… —Chacón abrió las manos sobre la mesa invitándolo a continuar—. Cuénteme esa vez.
Davan exhaló por la nariz.
—Fue en La Campana Rota, una taberna cerca de los muelles. Hace cosa de diez días, más o menos. Estaba tomando algo solo y se sentaron en la mesa de al lado. Empezamos a hablar, preguntaron a qué me dedicaba. Les dije que trabajaba para los Varylo, y se interesaron.
—¿En qué sentido?
—Bueno, en lo que se interesa todo el mundo, ¿no? —Se encogió de hombros sin mirar al emisario a los ojos—. Querían saber cómo trabaja la casa Varylo y cómo mueven la seda.
—¿Y qué les dijiste?
—Nada importante. Lo que sabe cualquiera que viva en esta ciudad: que los Varylo tienen contratos con todo el mundo y que la seda llega cada día. —Davan levantó las manos—. Juro que no dije nada más.
Chacón asentía sin parpadear.
—Descríbemelos.
—¿Disculpe?
—Ellos. Descríbemelos.
Davan se removió en la silla.
—Pues… una mujer muy llamativa, de cabello rizado y naranja. Con esa piel tostada del este. Diría que era joven. —Asintió e hizo una pausa—. Un hombre negro, muy grande —hizo un gesto con las manos tratando de medir su envergadura—, calvo y poco hablador. De esas personas con las que prefieres no tener problemas. Y el otro… tenía el pelo largo, canoso y bien recogido. El que más hablaba, sin duda. Aunque demasiado educado para ser un comerciante corriente.
Chacón no se movió.
—¿Y esas tres personas, a quienes habías visto una sola vez en esa taberna, aparecieron ayer en el mismo taller donde tú trabajas?
—Así fue —asintió Davan.
—Qué casualidad.
—Sí… sí —tartamudeó.
—¿Hablaste algo con ellos?
—No. Solo los saludé y se quedaron con el señor Enna en la sala principal.
—¿Escuchaste algo de lo que hablaron?
—Nada. Las estanterías del taller son gruesas.
Chacón se levantó sin avisar. Caminó hasta la pared del fondo y la estudió un momento como si encontrara algo interesante en la piedra.
—¿Cuánto tiempo estuvo el procurador con ellos? —preguntó sin volverse.
—No lo sé… ¿media hora?
—¿Y después?
—Después… yo estaba en el almacén interior y empecé a oler el humo.
Chacón se giró despacio.
—Humo.
—Al principio pensé que era una de las chimeneas. Luego el olor se hizo más denso y alguien empezó a gritar desde fuera. El procurador ordenó evacuar. Todo fue muy rápido, había mucha confusión…
—¿Y tú corriste con ellos?
Se hizo una pausa más larga esta vez.
—Sí, pasé por la sala de almacenaje principal…
Chacón volvió a la mesa pero no se sentó. Apoyó los nudillos sobre la madera y se inclinó apenas.
—La sala de almacenaje principal —repitió—. Donde guardan la seda.
Davan abrió la boca y la cerró.
—El procurador Enna —dijo Chacón con voz casi amable— declara que os sorprendió allí.
—Yo no estaba con ellos dos, yo solo pasaba por…
—¿Ellos dos? —lo interrumpió Chacón—. ¿Dónde estaba la mujer?
El silencio que siguió tenía una textura diferente al anterior. Era más espeso.
—No estaba —dijo Davan al fin—. Cuando llegué a esa sala, solo estaban los dos hombres.
—¿Y qué hacían?
La mandíbula de Davan se tensó.
—Tenían seda en las manos.
—En medio de un incendio, con el edificio llenándose de humo. —Chacón dejó la frase en el aire—. Qué momento tan extraño para revisar el género.
—Yo no tenía nada —dijo Davan—. Yo no cogí nada.
—Cuéntame lo que pasó después.
Davan cerró los ojos un momento.
—Los guardias llegaron. No recuerdo cuántos eran, pero el hombre negro… —Se detuvo.
—Continúa.
—Sus ojos… —Davan negó con la cabeza como si intentara quitarse la imagen de encima—. Cambiaron. Cuando los guardias les alcanzaron, sus ojos eran naranjas, como si el fuego estuviera dentro de ellos.
Chacón no parpadeó.
—Sigue.
—Golpeó a uno de ellos y el guardia salió por los aires. —Davan lo dijo despacio—. El segundo se le echó por la espalda y el hombre se giró demasiado rápido, sacudió el brazo y lo apartó como si fuera ropa tendida.
Chacón tomó asiento.
—¿Y el hombre de pelo canoso?
—Igual… —Davan buscaba las palabras con la mirada fija en la mesa—. Yo he visto soldados entrenados, he visto duelos en las ferias, sé cómo se mueve un hombre que sabe pelear. Esto no era eso. Era como si supiera dónde iba a estar el siguiente golpe antes de que se lanzara. Esquivaba sin mirar. Daba un paso y estaba ya en otro sitio. Un guardia le agarró el brazo y él giró de una manera que no… que no tenía sentido, y lo lanzó al suelo.
La vela parpadeó entre los dos hombres.
Apreté la pluma sin querer.
—¿Cuántos guardias dices que eran? —preguntó Chacón sin apartarle la mirada.
—No lo recuerdo… ¿seis?
—¿Y aun así escaparon?
—El humo era muy denso. Alguien tiró varios estantes bloqueando el paso un momento, y cuando el humo se despejó ya no estaban.
—¿Y tú?
Davan no respondió.
—A ti sí te encontraron —dijo Chacón en voz baja—. Con ellos. En la sala de la seda. Durante el incendio.
—Se lo he dicho, solo pasaba por allí para huir.
—Davan.
El nombre, pronunciado sin adorno, cayó sobre la mesa entre los dos como un emblema de metal.
—Te vieron con ellos en La Campana Rota. Te encontraron junto a ellos durante el robo. El fuego se extendió a cuatro edificios más y hay varias personas con quemaduras graves. —Chacón se tomó un momento—. Puedes seguir diciéndome que no tenías nada que ver. Pero antes de que decidas qué versión quieres mantener, piensa bien en una cosa.
Se levantó y apagó la vela.
—Esos tres te usaron para entrar. Desaparecieron con la seda y te dejaron dentro. —Se dirigió hacia la puerta y se detuvo con la mano en el marco—. La pregunta no es si trabajabas para ellos, Davan. La pregunta es si crees que ellos trabajaban para ti.
Cerró la puerta sin hacer ruido.
Un momento después, el emisario rodeó el pasillo y se acercó al cristal desde el exterior. Me miró a través del emplomado y señaló mis notas con un dedo.
—Anota esto como prioritario —dijo en voz baja.
Escribí lo que me dictó:
Ojos naranjas.
Aemege Pyece 🪶
Fuente: Interrogatorio realizado por el emisario Chacón a un presunto implicado en el incendio del taller Varylo de la vía Horna. Transcrito por Aemege desde la sala de observación contigua.
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G en el prólogo y ahora R? 🧐