La Batalla del acantilado.
Día 7, primera luna, ciclo 610 d.U.
Fuente: Relatado por Chacón, antiguo suboficial de la Legión I de Perky-Nie, uno de los pocos supervivientes de la Batalla del Acantilado (610 d.u.).
El cielo estaba despejado y el viento soplaba suave sobre los acantilados. Desde nuestra posición se escuchaba romper las olas contra las rocas, un sonido profundo que ascendía como un susurro. El terreno, sin embargo, era traicionero: pendientes irregulares, pedruscos sueltos y un precipicio que caía directo al mar.
Todo parecía estar de nuestro lado. Superábamos al enemigo tres a uno, las formaciones estaban bien dispuestas, la línea avanzaba firme. Además, contábamos con refuerzos en la retaguardia procedentes del reino de Varyn.
Y, aun así…
Entre los hombres de mi escuadra corría un presentimiento extraño. No sabría decir la razón, era como si el aire mismo estuviera tenso, como si algo invisible aguardara el momento de revelarse.
El enemigo comenzó a avanzar. Lo hicieron sin formación, caminando despacio, sin prisa. Aquello nos puso nerviosos. Eran hombres corrientes, igual que nosotros. Algunos llevaban armaduras gastadas por el uso. Otros parecían simples granjeros.
Avanzábamos en formación cerrada, directos al impacto.
Nunca olvidaré aquel momento: primero llegó el choque de escudos; todo parecían piezas de un puzle mayor. Comenzaron a caer lágrimas del cielo. El campo se llenó de gritos. Hombres corriendo, lanzas bajando, espadas golpeando los escudos y un pitido que te soplaba dentro del cráneo.
Esos granjeros atravesaban nuestras filas como si la carne y el hierro no significaran nada para ellos. Eran demasiado rápidos, demasiado fuertes. Para derribar a uno de ellos hacían falta cuatro de los nuestros. Pero, incluso así, muchos caían antes de conseguirlo.
Vi a soldados partirse el brazo al intentar bloquear un golpe. Aquello no era una batalla. Se convirtió en una matanza. Nuestra legión estaba bien entrenada, era disciplinada, y estaba endurecida por años de campañas. Sin emabrgo, esos delgaduchos nos estaban destrozando.
Las lágrimas se fueron fragmentando. Parecía una lluvia y pronto nos caería encima. El campo se volvió naranja en cuestión de minutos.
Intenté mantener la formación de mi escuadra cuando el enemigo alcanzó nuestra línea. Pero comenzaron a caer uno a uno. Cuando quise darme cuenta, solo quedábamos unos pocos.
Había perdido la noción del tiempo. Miré a mi alrededor y comprendí la verdad: la batalla estaba perdida.
Los refuerzos de Varyn habían desaparecido. Nuestro magíster ya no estaba a la vista Las otras compañías de la legión resistían como podían, reducidas a pequeños grupos rodeados por el enemigo.
Reuní a los supervivientes de mi escuadra y nos retiramos hacia lo alto del acantilado. Desde allí podríamos ganar altura…, tal vez abrir un camino para escapar.
Pero esos animales nos siguieron. Aún recuerdo el sonido de sus pasos. Solo cinco alcanzamos la cima.
Uno de los enemigos golpeó a Ydalgo —un muchacho de mi escuadra— en la cabeza y lo dejó inconsciente en el suelo. Sus ojos brillaban con una intensidad inquietante sobre la oscuridad de su piel.
Nos acorralaron por arriba. Cuatro contra cuatro. En circunstancias normales, estábamos bien instruidos para un combate así.
Fue entonces cuando ocurrió algo que aún hoy no sé explicar. Moreno —otro de mis soldados más leales— se lanzó contra ellos sin decir una palabra. No sé en qué momento sucedió, pero sus movimientos dejaron de parecer humanos. Eran más rápidos. Más precisos. Lo vi derribar a su adversario con un solo golpe y girarse hacia el siguiente sin dudar. Sus golpes resonaban como martillazos contra el hierro.
Nos lanzamos a ayudarle, pero fuimos cayendo. Moreno abatió al segundo.
—¡Huid! —bramó.
Pero ya solo quedábamos nosotros. Quizás Ydalgo seguía vivo en el suelo. No quise abandonarlos; había visto morir a toda mi escuadra.
Éramos dos contra dos, aunque yo tenía un brazo roto.
Los ojos de Moreno brillaron, los enemigos se estremecieron. El muchacho saltó hacia delante. Un instante después, se deslizó detrás de uno de ellos y le abrió la garganta. El otro se lanzó contra mí. Su lanza me atravesó el vientre antes de que pudiera reaccionar.
No me dio tiempo a moverme.
Me levantó del suelo con el arma clavada en el cuerpo. Entonces, su cabeza cayó rodando por la roca. Moreno lo había decapitado por la espalda.
Caí al suelo.
Las lágrimas del cielo impactaron en un extremo del campo de batalla. El borde del acantilado comenzó a temblar.
Moreno me ayudó a levantarme, pero vimos a Ydalgo deslizarse por la roca que se desprendía y caer al mar.
Desde lo alto todavía se alzaban columnas de polvo.
Aún quedaban líneas aliadas combatiendo. Nosotros nos marchamos. Caminamos durante un día entero antes de alcanzar el campamento. El reino de Perky-Nie había sufrido una derrota terrible.
Cuando las tropas de Varyn se retiraron, gran parte de nuestro ejército quedó atrapado en los acantilados.
Más de diez mil camaradas murieron aquel día.
Al llegar al campamento, el magíster Auron y la corte militar de la legión nos recibieron como héroes.
No me sentía así.
Había visto morir a todos mis hombres. Y yo mismo estaba medio moribundo.
Auron declaró ante la corte que lo ocurrido solo podía interpretarse como un acto solemne para el Imperio. Y me nombró nuevo consejero de guerra.
Desde entonces sirvo en la corte del rey Tedyseo. Moreno fue ascendido a capitán de compañía. Más tarde me confesó que no recuerda qué ocurrió allí arriba. Cada vez que intentaba evocarlo, se quedaba sin palabras.
Algunos dijeron que sobrevivimos por un milagro. Tal vez sea cierto.
Ahora mis días transcurren lejos del campo de batalla; me ocupo de asuntos del reino: conflictos con el este, disputas entre ciudades, decisiones que requieren más juicio que espada.
Pero algunas noches… todavía oigo el mar golpeando los acantilados.
Y recuerdo aquel día.
Aemege Pyece 🪶


Pongámonos en la piel de Chacón.
Toda su experiencia en el ejercito le estaba gritando en su interior:
"Esto no tiene que pasar" No que no debería pasar, sino que no tiene que pasar.
Sus años de experiencia se hacían añicos viendo que la realidad de una batalla ganada no era así.
Todo en Chacón se revolvió y se transformó en esa batalla, sabiendo que todo se haya bajo la influencia de algo más grande que ellos mismos.
Nunca podría volver a ser el mismo después de aquello. Y a Chacón solo le quedaban dos opciones, olvidar todo aquello y vivir tranquilamente en la corte, lo cual es antinatural para los ojos del alma una vez se ha contemplado que se vive en una realidad a medias y que todo está envuelto en una vestimenta mística que esconde la trascendencia, o debería ponerse su armadura espiritual, la que está hecha de valor para poder afrontar una verdad que quizá le sacuda desde los cimientos de su ser.
Chacón sabía que solo uno de los dos caminos conduce a la virtud de vivir como se espera de un guerrero.
Los firmantes del Acta de Fundación del Consejo de Fortum nos aclaran de que clase de hombre es nuestro experimentado soldado...
Enganchadísimo a esto!!!