Una carta interceptada.
Existen estructuras dentro del reino que no responden al reino.
Diario de Aemege
Día 25, Quinta Luna del año 610 d.u.
En las últimas semanas he sostenido más encuentros con el emisario de guerra Chacón de los que juzgaría propios del orden natural de las cosas.
Siempre en lugares discretos. Siempre por su voluntad.
No es propio de él.
Chacón no es hombre que se mueva sin causa.
Y, sin embargo, desde algún tiempo atrás, parece adelantarse a un suceso que aún no alcanzo a discernir.
Hoy me ha hecho entrega de una carta.
Interceptada, según afirma, por manos cuya identidad desconoce.
No iba dirigida a nosotros.
Y, aun así, ha venido a parar a las suyas.
El mensajero que la portaba no supo dar razón de su origen.
Solo obedecía mandato: “Entregarla al emisario de guerra Chacón”.
El documento está escrito para una mujer llamada Mheriam Lawsonya.
Nombre que no despierta memoria en mí.
Mas no es el nombre lo que más me inquieta.
Son los lugares.
Dos menciona la carta.
Uno de ellos: la casa de banca Varylo, número seis, a las afueras de Perky. El otro, verdadero destino del envío: un taller de tejidos en la ciudad del Mar, en Maravy.
En extremos opuestos del Imperio.
Dos puntos distantes. Dos funciones dispares.
Y, no obstante, ligados por un mismo rastro:
La seda.
En una de mis páginas anteriores me preguntaba por qué el Imperio paga tan alto precio por tal materia.
Hoy la pregunta ha mudado:
¿Por qué precisa ocultarla?
Chacón me encomendó acudir a la casa de banca en su nombre.
Puso en mis manos su emblema, el mismo que le franquea entrada a todo edificio bajo jurisdicción del reino.
No había razón para prever negativa.
La casa Varylo no es institución menor.
Pertenece a una de las familias más influyentes de Perky. Gobiernan buena parte de las casas de banca de la ciudad, así como talleres, edificios y herrerías.
Y mantienen presencia en la corte del rey.
Nada de cuanto acontece bajo su nombre debería escapar al saber del reino.
O así cabría esperar.
Fui recibido con la formalidad acostumbrada.
El procurador examinó el emblema de Chacón con detenimiento. Por unos instantes guardó silencio. Ni siquiera alzó la vista.
Cuando habló, lo hizo con un tono que no hallé concordante.
Primero insinuó que la cámara cuya revisión había solicitado se hallaba en restauración.
Le propuse otra. Luego otra más.
Cada respuesta venía acompañada de nueva excusa.
Le ofrecí entonces que me mostrase cualquiera que juzgase conveniente.
Fue entonces cuando dejó de responder como funcionario.
Y comenzó a mirarme como quien mide hasta dónde está dispuesto a llegar su interlocutor.
Me preguntó qué buscaba.
Respondí sin rodeos:
Una revisión formal de ciertas cajas pertenecientes al tesoro real. Nada fuera de lo dispuesto.
Accedió a mostrarme algunos documentos.
Mas evitó en todo momento conducirme al interior.
Entonces pronuncié la palabra: seda.
Y todo mudó.
No hubo duda. No hubo vacilación.
Alzó el brazo. Y dio la voz.
Los guardias acudieron de inmediato.
No hubo explicación. No hubo advertencia.
Solo la orden.
Fui reducido y expulsado del recinto sin margen de réplica.
Mientras me conducían hacia la salida, el procurador repitió, en más de una ocasión, que solo el mismísimo Varylo tenía acceso a tal información.
Fue entonces cuando comprendí que no me hallaba ante una negativa común.
Había algo más.
Algo que no se decía.
No opuse resistencia.
Mas partí con una certeza que antes no poseía:
Existen estructuras dentro del reino que no responden al reino.
Antes de regresar al carruaje, volví a la sala de espera.
Había dejado allí algunas de mis pertenencias.
Fue entonces cuando la vi.
Una joven.
Recogía unas cajas en silencio, como si supiese más de lo que mostraba.
Nuestras miradas se cruzaron apenas un instante.
Nadie habló.
Pero hubo algo en sus ojos.
Algo que me dio motivo suficiente para vincularla con la carta.
Ninguno que pueda dejar asentado por escrito.
Y, aun así, hay en todo esto algo que mi juicio rehúsa ignorar.
Aemege Pyece 🪶
Fuente: Páginas del diario personal de Aemege (entrada original)

