Una conversación con Dios.
No todos los tesoros son de oro y plata.
El aire sabía a sal y hablaba el mismo idioma que yo. La arena aún estaba húmeda, se metía entre los dedos de los pies y te entregaba todo aquello que cualquier hombre pudiera desear. Cada paso era una oportunidad, era como un trago de vino en aquella época gris. Mis ojos permanecían cerrados, pero podía verlo todo. El viento y las olas me guiaban.
Anduve un buen rato, sin saber a dónde. No hacía falta. Ya no.
El tiempo pasó. La historia...
Navegué por todo el mundo. Cartografié todos los mapas que hoy existen y se utilizan, cada isla, cada región. Y llegué más allá del borde de todos ellos, donde el mar habla y las estrellas se apagan. Volví. Pero no entero.
Conocí a millones de personas que me adoraron y a otros millones que intentaron matarme. Serví al Imperio durante años y también lideré su derrocamiento, poniendo fin a una era y liberando al mundo de la opresión.
Fui el hombre más rico y poderoso que jamás ha existido en la historia conocida; más que el emperador, más que los dioses. También fui el más pobre diablo.
Mi flota fue la más grande jamás vista, una marea de madera y lona que eclipsaba el mar. Hoy la estudian en los colegios que mi riqueza financió por todo el mundo. Todos los niños soñaban con ser marineros en mis navíos, aun sabiendo que uno de cada dos no sobrevivía más de tres travesías.
El mar me hundió siete veces y las siete me escupió a la orilla. Aún no sé si me protege o me odia.
Muchos intentaron acabar con el Kraken; yo lo domé con una sola palabra. Todas las criaturas extrañas de este mundo se arrodillaban en mi presencia, incluidas las sirenas. Atravesé la Tormenta Eterna, esa que se traga la luz: entré con una flota y salí solo, con el pelo blanco y una palabra nueva que jamás he repetido.
Las tentaciones que pueden destruir a un hombre, yo las borré de este mundo. Encontré la fuente que promete la vida eterna y la sellé sin beber. La eternidad es el único tesoro que arruina a quien lo posee.
He visto ciudades arder; la mayoría las incendié yo. He construido hospitales y colegios, y también he matado a médicos y niños. Vacié los mercados de esclavos de tres continentes: los libertadores me llaman santo; los mercaderes, demonio. Ambos tienen razón. Maté a no sé cuántos miles de enemigos, y perdí a muchos más amigos.
Di una oportunidad a cada hombre que se alistó en mi tripulación y enterré a cada uno de ellos. A todos los obligué a aprender a leer y escribir; me maldijeron por ello en todos los puertos. Hoy, sus cartas son lo único que queda de ellos.
Vi morir a un dios y guardé su último aliento en una botella. La cambié por dormir en una posada.
Me conocen por innumerables nombres, en el cielo, en la tierra y en el mar. Aunque ninguno me representa hoy.
Me enamoré dos veces y me casé otras dos. Con la mujer más hermosa y noble que jamás había conocido, a la que asesinaron sin piedad por culpa de mi reputación. Y con la reina más influyente del mundo, una mujer generosa y honesta a la que acabé asesinando por traicionar mis ideales. Tuve un hijo, al que asesinaron la misma noche, y una hija con la reina, que naufragó mientras huíamos y a la que no volví a ver.
Años después encontré al hombre que asesinó a mi primera mujer y mi hijo. Lo tuve de rodillas y lo dejé vivir. Es la única muerte que no cargo, y la que más pesa.
Una noche silbé una melodía inventada para dormir a mi hija. Hoy la cantan las madres de todos los reinos, sin saber que habla de ella.
Nunca conocí a mi padre, y quien lo conoció murió antes que él y enterró su historia.
Mi hermano mayor, mi alma gemela en esta y en todas las vidas que recuerdo, mi referente, mi brújula, el hombre del que más he aprendido, la única persona que jamás me traicionó. Me acompañó y apoyó en cada decisión de este largo viaje, me ayudó a construir los cimientos de mi ser. Un hombre tan honrado como sencillo y tan inteligente como humilde, fue y es sin duda la más grande de mis cicatrices. Mucho antes de que yo fuera aquel hombre poderoso, nuestra hermanastra —una reina de enorme poder e influencia, que ni siquiera sabía aún que lo era de nosotros— ordenó nuestra ejecución pública por traición a la corona: un duelo a muerte donde solo uno de los dos podía sobrevivir. Y aunque los dos queríamos que venciera el otro, él fue mucho más valiente que yo y se quitó la vida utilizando mi espada. Murió en mis brazos y es sin duda la única condena que cargo.
Mi madre fue mi último tesoro real. Me acompañó en todos mis viajes y murió como merecía: arropada por los mismísimos dioses y llevada a la siguiente vida en un barco de oro.
Encontré el mayor poder del mundo físico, el lacrium del primer emperador, y lo escondí en un lugar que nadie sabe que existe, porque no lo cartografié. Todos los marineros que me acompañaron aceptaron morir para no poner en peligro al mundo otra vez con semejante poder. Y yo me arranqué los ojos para no saber cómo volver.
Aunque esto último es mentira. Me los arranqué para dejar de ver este mundo tal y como es y empezar a ver la otra cara de la moneda. Un consejo que me dio un mendigo ciego hace muchos años.
Mi cuerpo murió en la otra vida.
Hoy recito estas palabras en voz alta con un cuerpo que no es mío. Y con unos ojos que no me atrevo a abrir.
Porque si algo aprendí de la vida, es que las palabras de nuestra alma son el único tesoro que vivirá eternamente.
Así que a ti, que me estás escuchando: cuida cada palabra.
Gracias.
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